
Utopías y distopías sobre el Estado-nación ante el avance tecnológico
Por: Oscar Mondragón.
El futuro está hecho de lo inmutable.
Haciendo un ejercicio de futurismo propondría al menos tres visiones no excluyentes entre sí al respecto de lo que será del Estado-nación ante el cambio tecnológico. Ninguna de estas prospectivas le otorga un futuro halagador.
La comunidad supranacional
Existen quienes creen que el avance en las comunicaciones de los últimos lustros dará el poder a los ciudadanos para formar comunidades supranacionales que queden fuera de la tutela de los estados nacionales y que a la vez sean capaces de crear bienes públicos.
En este escenario, los complicados procesos políticos que existen hoy para crear nuevos bienes públicos serían reemplazados por instituciones ciudadanas mucho más ágiles y responsables ante el público.
Eventualmente, ante la decaída del papel del Estado en la vida de los individuos, la comunidad nacional dejará de determinar en muy alta medida la identidad de las personas y a cambio, estas comenzarán a sentirse identificadas con algún movimiento supranacional de entre un gran conjunto de estos cuya variedad superará exponencialmente la diversidad de naciones que hay al día de hoy.
Bienes públicos de fundamental importancia serán proveídos por estas nuevas comunidades imaginarias y no por los estados nacionales. Las comunidades de software libre alrededor del mundo estarían mostrando el camino del futuro.
Cuestiones como etnia y religión, componentes nodales del concepto de nación, se irán diluyendo hasta ocupar un espacio muy pequeño en la cotidianidad del hombre del futuro. Los estados irán retrocediendo en su papel ante las personas al grado de convertirse en simples monopolios de servicios públicos.
El gobierno internacional
Cada vez es mayor el rol que juegan los organismos internacionales en decisiones que no hace mucho recaían inexorablemente sobre el Estado nacional.
Ecología y economía, por mencionar dos muy importantes, son ámbitos que sólo un puñado de naciones pueden administrar al día de hoy sin intervención internacional alguna. Sobre ambas materias se han creado instituciones internacionales de capaces de imponer condiciones a la mayor parte de las naciones del planeta.
En Europa quedan muy pocos países que puedan emitir moneda soberanamente. La mayor parte de los países latinoamericanos ha tenido la ocasión de convertir decisiones del FMI y del Banco Mundial en políticas nacionales. Las reglas ambientales que afectan a todos los habitantes del planeta hoy son, en mucha medida, forjadas en foros internacionales.
El mejoramiento de las condiciones para el comercio electrónico pondrá aun más presión sobre los estados nacionales para eyectar sus decisiones de índole económico hacia el ámbito internacional. Eventualmente quizá hasta los impuestos locales y nacionales al comercio electrónico tendrán que ser decididos a través de acuerdos internacionales alrededor de los cuales se crearán instituciones que a la larga suplantarán muchas de las funciones regulatorias de los gobiernos nacionales actuales.
Ante una economía masivamente global, los estados nacionales serán meros custodios del orden internacional que la auspicie.
La empresa transnacional
La pionera de la globalización, la empresa multinacional, se sentirá a sus anchas en el mundo híper-conectado del futuro.
Las grandes empresas llevan cientos de años navegando el globo, intercambiando mercancías, sometiendo a algunos gobiernos, eludiendo a otros y creando reglas de orden público por medio de procedimientos privados.
La formidable Compañía Holandesa de las Indias Orientales encarnó como ninguna el sueño de la transnacional: regirse sólo por las leyes del mercado, imponer a otros leyes que soporten esta aspiración y tener la capacidad de montar una amenaza creíble contra cualquiera que pretenda interponerse en el camino de las utilidades.
La globalización de los consumos culturales ha sido uno de los primeros efectos del desarrollo de la maquinaria comercial transnacional moderna en sus primeras décadas. Detrás del glamour y brillo de la industria del entretenimiento y la cultura global hay una compleja red de corporaciones y bancos transnacionales (acompañados de sus cabilderos, pajes y asociaciones) que han logrado hazañas impresionantes en el mundo corporativo global.
Cuando se involucran los gobiernos, los procesos de estandarización son complejos, tardados y al final casi inútiles. (Ver la zaga de Microsoft y su Open XML) Pero durante los 80s ocurrió un fenómeno de estandarización global de amplias consecuencias sin intervención gubernamental alguna. Hasta que fue hackeado en 1999, dicho estándar reguló la forma en como los ciudadanos usaban el DVD con fuerza equiparable a la de la ley.
El DVD vio la primera luz en los 80s con un firme, y en aquel entonces irrompible, sistema de segmentación global de audiencias. Los contornos de las regiones de DVD establecidas por la industria no tenían nada que ver con ningún acuerdo entre naciones de ningún tipo. Por primera vez desde Westfalia, las fronteras para las reglas y el comercio eran decididas por entidades o personas no afiliadas al poder soberano.
Con este torpedo por debajo de la línea de flotación comenzó el proceso de decadencia paulatina del Estado ante la corporación. Tan sólo veinte años después, las corporaciones participan en las guerras como cualquier inocuo contratista, a la vez que sus maquinarias de cabildeo buscan incansablemente impactar el bottom line de sus mecenas educando a los políticos en las virtudes de la guerra.
En la segunda década del siglo 21 este asalto de las corporaciones contra el poder soberano de los estados nacionales toma un nuevo giro con el ACTA (Anti-counterfeiting trade agreement).
En términos sencillos, el ACTA propone para ciertos casos que el uso del Internet por parte de los ciudadanos esté condicionado a que paguen regalías a algunas corporaciones. Las funcionalidades socialmente democratizadoras del Internet no son siquiera consideradas en la propuesta. Es algo así como prohibirle a alguien votar por no pagar sus deudas.
En este escenario, el ACTA desplazará a los estados nacionales a ser simples carceleros, ya que ni siquiera se propone que sea el Estado quien vigile las exigencias de sus proponentes, sino otras corporaciones.
Conclusión
El avance tecnológico juega en contra de sostenimiento del orden legal nacional que tradicionalmente ha sostenido el Estado. Lo supranacional, internacional y transnacional contradice la esencia original del Estado-nación y lo vacía de contenido.
Un nuevo mundo de prosperidad se abre ante este nuevo escenario, acompañado de nuevos peligros contra la libertad y la democracia.
No debemos celebrar ni lamentar el menguamiento del Estado-nación, debemos asegurarnos que lo que no cambie sean los valores democráticos que han acompañado el desarrollo de occidente por más de dos milenios. Mientras los principios de igualdad ante la ley y democracia permanezcan inamovibles, lo demás cambiará en sentidos brillantemente inimaginables.
Si los proponentes de ACTA se salen con la suya, algo que creo es poco probable, en el mundo del futuro muchas decisiones de orden público se tomarán en elegantes salas de juntas corporativas y no en foros públicos. Los ciudadanos dejaremos de existir en un mundo poblado exclusivamente por customers. Será una realidad de la que sólo algo como Skynet podrá salvarnos.
Colofón.
¿Que quedará del Estado-nación?
En mi humilde opinión, en unas décadas el planeta estará totalmente integrado a través del Internet. Los intentos de co-optarlo, como el ACTA, habrán de fracasar. Las identidades nacionales darán paso a una gran consciencia humana multiplicada por una variedad inacabable de nichos de identidad formados alrededor de toda preferencia individual y colectiva imaginable.
Del Estado-nación quedarán tres cosas inmutables: una selección de fútbol, una bandera y un himno por cada uno de los vestigios de los países que sobrevivan el impulso globalizador de nuestra era.

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