El Paraguas Burocrático.

Si cualquier persona preguntara cuál, entre la diversidad de males, es aquél que aqueja cual agresivo enfisema al sistema de gobernabilidad mexicano, sin duda una de las respuestas, variables de acuerdo a la óptica de cada persona, sería el problema de “La Burrocracia” mexicana.                                                                                                                                                                                                                                        Para todos los mexicanos es por demás obvio el hecho de que, no importando el trámite, el ámbito o el “escalafón” al que se haga referencia como ejemplo, la burocracia, como la humedad, permea y corroe todos los niveles del desempeño profesional de nuestro país, incluso y en algunos casos más, cuando se habla de la Iniciativa Privada. El Sistema Burocrático mexicano, por definición, encuentra uno de sus fundamentales problemas en el número de personas que lo componen.                                                                                                                                                                                 Esto es, lo difícil de señalar su origen o donde reside, y por ende la titánica tarea que resulta de planear una estrategia en contra del mismo, radica en la gran cantidad de “personas” que lo componemos y en la terrible “mentalidad” que cimenta su funcionamiento.                                                                Desde hace mucho tiempo, cual pomposo salmo de bolsillo, se habla de dispendiosos términos como “simplificación administrativa” o “liberación de candados burocráticos”, pero la realidad es que, sufragado por la preponderante apatía que tenemos la mayoría de mexicanos, la burocracia, cual nocivo cáncer, “esclaviza” aquellas pequeñas “células” que puedan estar libre de esta “enfermedad”, rodeándolas de un sistema que pareciera infranqueable para cualquier  esfuerzo e intocable  por el “padre” tiempo.                                                                                                                                           Una de las incontables preguntas que surgirían al respecto de este tema, sería la del “Quién” será o, “Quienes” serán los más aptos o calificados para combatirlo. Para unos la respuesta es, como con todo lo malo, que la responsabilidad es del gobierno; otros dirán que es menester de los ciudadanos el abatirlo, y otros más dirán que es, cual mitológica hidra, inconquistable.                                                                                                                            Como simple ejercicio mental, mi idea es que para combatirlo no existe nadie mejor que aquellas personas que lo conocen, lo viven y, por lógica conclusión, lo mantienen con vida.                                                                                     Ahora bien, los extremos siempre llevan a resultados inexactos, además de que hablan mucho de quienes los utilizan, pero decir que TODO el gobierno está jodido sería lo mismo que decir que TODOS los católicos son personas de paz. La matemática, en la vida real, no funciona con los extremos. Yo creo, como punto de vista personal, que cada vez existen más mexicanos que se dan cuenta que “El Gobierno” no tiene la culpa y respuesta a todos los males, y esto a su vez da pié a la noción, inversamente proporcional, de que la gran mayoría de mexicanos que sólo saben criticar, ni siquiera lo hacen con conocimiento de causa o con argumentos sólidos; simplemente se sigue la inercia “periquesca” que, repetida en incontables borracheras en las más diversas latitudes, termina por decir  y redecir:…“la culpa de todo la tiene el gobierno”…

La idea de este comentario es la de señalar el hecho de que, si no se empieza por algún lado, por débil que al principio sea esta iniciativa, seguramente esto no cambiará. Habrá que darse cuenta que los cambios, regidos por tiempos mucho más grandes de lo que es la vida de una persona, no se buscan por su rapidez, sino por la necesidad que hay de tenerlos.                                     En esto va implícita una humilde dedicatoria a todos los funcionarios públicos, empresarios, o personas en general que, a fuerza de ser positivos, propositivos y optimistas, se encuentran solos en un mar de incredulidad y apatía.

Imaginemos algo: Pensemos que pasaría si con el ahínco, fervor y convicción con la cual en cantinas y sobremesas por igual se “condena” a este “jodido” país, también se propusiera, se generara la iniciativa, o por lo menos se mantuviera el ejemplo de esfuerzo de cada uno de nosotros en la vida diaria…                                                                                                                                          ¿Inimaginable? Si, lo es, pero no porque no pasaría, o porque sea impensable, sino porque en nuestra mente individual, y después en la colectiva, de nada sirve.

Entonces el cambio, no importando la necesidad que se tenga del mismo, está condenado desde antes de nacer.

Gracias.


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