El carnaval político.

Por Noé Toledo

Actualmente, un servidor vive en una pequeña y pintoresca población del estado de Nayarit, muy cerca de la ciudad de Guadalajara. En fechas recientes, todo el lugar a cobrado vida a través de estentóreos anuncios, ya sea en la forma de carteles multicolor, o propagados por sistemas improvisados de sonido, (una bocina, un mecate y un auto), en los cuales, en un principio, pensé se anunciaba la llegada de alguna fiesta o celebración auspiciada por algún santo local o patrono del lugar, y que prometería música, baile y desmán, todo bajo el mundialmente famoso estupor etílico.

O sorpresa la mía, al percatarme que todo el jolgorio se debe a un periodo de elecciones locales, que abarcarán desde presidentes municipales y diputados locales, hasta la de gobernador.

Increíble pensar que, a través de días enteros de fiesta, grupos musicales contratados, fuegos artificiales y todo un sistema de vituperios y agravios para los contrarios, mezclados sin un aparente orden, con exagerados elogios y ensalzamientos para los “favoritos” de la contienda, sea como se ejerce la democracia y la libertad del sufragio en nuestro país.

¿En qué momento se convirtió un proceso serio, importante y necesario, en un desfile de gandules, que a pesar de esbozar sendas sonrisas en carteles y mantas, inundan la mente de las personas en un tianguis de promesas, planes y ofrecimientos?

Parece ser que los periodos y procesos electorales en México se han ido más hacia el lado de lo excéntrico y colorido, que de lo serio y formal, pero, ¿es acaso un síntoma de la negligencia y superficialidad con la cual los mexicanos vemos las elecciones, o cualquier proceso serio, en nuestro país?, o todavía más triste, ¿será una extraña y bizarra representación de los mexicanos en la mente de los políticos, que nos ven como ratones de laberinto o como afligidos payasos que más que divertir hacen llorar?

¿Qué es peor, el que tiene una idea tonta, o el ignaro que sigue la idea tonta más por seguir un comportamiento grupal, como parvada de aves, en lugar de hacer brillar su individualidad con conocimiento, juicio y objetividad?

Difícil contestar esta pregunta cuando la respuesta, ausente desde siempre, está en boca de todos.

Sin temor a equivocarme, estoy seguro que sociólogos, psicólogos, antropólogos y todo un cortejo de estudiosos cuyos títulos terminen en “ólogos”, tendrían un verdadero “día de campo” al estudiar los procesos electorales en México. Realmente creo que, si no se supiera en qué país se hicieron las observaciones, algún europeo seguramente pensaría, como ocurrió con nuestras “famosas” películas de El Santo, que estos en realidad no son procesos reales, sino algún tipo de elaborada mofa o extraño festival desprovisto de botargas en contra de la democracia.

¡Ay ignorancia, que acertado es tu dominio y que ancho el cadalso que esgrimes!

Sin duda, en nuestro país, lo más importante no es la lucha por la igualdad o el sufragio educado, sino reír, ingerir alcohol hasta que el hígado entre en huelga y olvidar que debemos prestar más atención al carnaval electoral para que, en un idílico momento de lucidez, después no nos preguntemos cómo es que nos rigen los políticos que nos gobiernan, porque después de estos “teatros” electorales, si nos atrevemos a llamarle “circo” a la política, desgraciadamente y por eliminación, nosotros somos los payasos.

 


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